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Sicalíptico

Curiosa palabra.

El Diccionario de la RAE la define como: Perteneciente o relativo a la sicalipsis, palabra que viene (no es broma) del griego “sikov”, higo, y “aleyxis”, acción de untar, frotar; significando: Malicia sexual, picardía erótica.

Pues bien en el nº 46 de la revista semanal SICALÍPTICO (podéis adivinar su temática) editada en Barcelona en 1904, Alejandro Pita nos narra la siguiente historia de una jiennense:

Una tarde del pasado Octubre encontrábase Micaela con algunas amigas en su gabinetito perfumado. Llovía mucho y la habitación estaba casi á obscuras. La tristeza de aquella tarde otoñal y la falta de luz convidaba á hablar de recuerdos, á descargar el espíritu de la melancolía que suele agobiarle en los días en que el sol no ha vivificado la tierra.

Yo había salido con mi “dulce amiga” á hacer unas compras, y como la tarde no estaba para recorrer sin descanso la encenegada población, me propuso que fuésemos á pasarla a casa de Micaela de Córdoba que en más de una ocasión había manifestado deseos de conocerme.

Por eso me encontraba “entre ellas” y por eso pude averiguar cómo Micaela emprendió su agitada y alegre vida de cortesana.

Después de haber agotado varias conversaciones y como para evitarnos el tedio aquella tarde triste, Micaela empezó diciendo:

-Os voy á hablar del primer lance serio que tuve en mi vida y que fué la causa de que hoy me encuentre entre vosotros, en disposición de poderos ofrecer una buena cena, y hasta una cama bien mullida si no queréis llenaros los pies de barro. Soy hija de unos ricos labradores de la provincia de Jaén y tengo once hermanos. Mi padre es un hombre rígido y tan severo en cuestiones de honor, que á pesar de quererme mucho, tengo la completa seguridad de que me mataría en el punto y hora en que me encontrase. De mi madre no recuerdo; era yo muy niña cuando ella murió. Sola, en una casa donde había tantos hombres, que tenían sobre mi la autoridad del sexo y la de los años, me aburría grandemente. Mis hermanos hacían todo lo posible por espantar á los muchachos que á mí llegaban con pretensiones amorosas; mi padre los apoyaba, y yo tenía que contentarme, si no con llorar porque nunca fui llorona, con esperar una ocasión propicia para poder hacer mi santa voluntad. A pesar de esto, nunca tuve el proyecto de escaparme de casa. Una muchacha, que servía en el gran caserón de mi padre, empezó á llevarme cartas de un jovenzuelo que se había enamorado de mí. Concedíle varias citas en el campo, para acudir á las cuales me veía precisada á salir por la puerta falsa. El galán estaba muy lejos de ser tonto y yo me encontraba muy bien escuchando sus ternezas y acaramelados discursos, jamás escuchados por mis oídos. Con esto no había necesidad de que nadie me empujase; mi caída tuvo lugar sobre un verde y crecido trigal que nos ocultaba á las miradas de los que pudieran pasar por los caminos. Allí fuí muy feliz, entregándome en el sagrado misterio de los campos, rindiendo culto a la Naturaleza, madre fecundísima del amor. Hasta que un dia, al ponerme en pie, divisé á uno de mis hermanos que se dirigía presuroso hacia mí levantando la mano en ademán amenazador gritando:

-¡Ah gran!… (Aquí las cuatro letras que cruzan la cara como el más cruel de los latigazos.) ¡Ya te encontré!

No me dió tiempo más que á recomendarle al muy amado, que huyese, ocultándose para qu no le conociese mi hermano, mientras que yo huía también á carrera abierta, sin saber á donde me encaminaba. Por fortuna para mí, mi hermano, al querer saltar una zanja para cortarme terreno, cayó. Le oí gritar desaforadamente; maldecir airado… pero debió dislocarse un pie, ó romperse una pierna, porque no vi que después pretendiera seguirme. Huyendo, siempre á la carrera, sin pensar en comer, ni mucho menos en detenerme, llegué al cabo de catorce horas á una población que más tarde supe que era Baeza.

Allí, ayudada por un joven, á quien referí mis cuitas, y á quien no he vuelto á ver, vendí mis pendientes de oro, una pulserita, un collar y unos anillos, con lo que reuní veinte duros que me sirvieron para trasladarme á Madrid. Después… ya lo sabéis. De mis hermanos no he vuelto á saber más; de mi padre tampoco. ¿Y mi primer amante? ¿Ha muerto? ¿Vive? ¿Supieron quién era y vengaron en él lo que sólo debieron castigar en mí? Las investigaciones son siempre peligrosas. Desde aquel día me hice cuenta de que mi personalidad había cambiado. ¡El pasaso! en esta vida donde las horas de placer se van volando, ¿quién es el tonto que se preocupa del pasado, ni á quién apena el porvenir?