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Macías el enamorado

Gracias a Google Books es posible entrar en la biblioteca de la Universidad de Oxford y hojear libros como éste de 1852 sobre la Historia de Granada y su provincia Jaén, con introducción de José Zorrilla.

De él entresaco la historia de Macías, el enamorado.

Fueron los amores y muerte de Macías, historia repetida entonces con indignacion y pena entre sus compañeros de armas durante las vigilias en acecho del moro, interpretada con mordacidad por las dueñas, severas comunmente en asuntos de amores, escuchada con avidez y quizá con daño por tímidas doncellas, y por último aprovechada para argumento de canciones populares, de tiernas elegías. de tristes y apasionados dramas. D. Enrique de Aragon , mas conocido por el título de D. Enrique de Villena, célebre por su aficion á las letras y por las amarguras que le acarrearon un vulgo bárbaro, que le acusaba de brujo y de corresponsal de los espíritus del infierno, y una nobleza turbulenta que le disputaba sus dignidades y sus riquezas, era maestre de Calatrava, y recibio de escudero a Macías, joven hidalgo de la villa del Padron en Galicia, gentil, sensible y dulcísimo poeta. Apenas entró el doncel en casa del maestre quedó ciegamente enamorado de la hermosura y discrecion de una doncella que se hallaba al servicio del mismo señor: merecieron estos amores fina correspondencia, y prosiguieron tan misteriosos que nadie concibió sospechas, y el maestre propuso á la joven apasionada su casamiento con un hidalgo de Porcuna. La sin ventura se opuso en vano á este enlace odioso con lágrimas, con excusas, con sentidas quejas. D. Enrique la reprendió con aspereza y la hizo pronunciar ante las aras un sí que desmentian sus sollozos y su no disimulada melancolía. No se hubiera consumado esta violencia á estar Macías en Jaen; pero ocupado en la guerra contra los granadinos, nada supo hasta que las cartas de su dulce amiga le revelaron el mandato tiránico del maestre y la boda sacrílega. La pasion de Macías llegó al mas alto grado de vehemencia: la idea de haber aprovechado su ausencia para arrebatarle la prenda de sus amores, le desconsolaba y abatia: la reflexion de que otro hombre llamaba esposa á la que el cielo le habia destinado, le atormentaba como horrible ensueño. El doncel amante recibió nuevas cartas y avivó mas y mas el fuego que ardia en su pecho al leer en caracteres regados con lágrimas, que reinaba y reinaria siempre en el corazon de la mujer á quien habia consagrado su cariño. Frenético, devorado de pesar incesante, juraba unas veces arrancarla de los brazos del hidalgo aborrecible, matarle si necesario fuese, huir con ella á la frontera, contar sus cuitas é implorar hospitalidad á algun caballero moro; ideaba otras, deshacer las bodas. Estas ilusiones le halagaban por algu- nos momentos; pero luego reconocia la realidad de su infortunio y que sus planes eran las quimeras que forja el amor contrariado. Llegó el momento en que el pueblo de Jaen salió á recibir con palmas á la hueste aguerrida. Macías apareció á los ojos de su amada ostentando el laurel de la victoria, gallardo con su armadura empañada por el polvo de la batalla, y pálido aunque no con heridas abiertas por la cimitarra del inflel. El bizarro adalid sirvió de nuevo en casa del maestre y avivó sus amores, que, si no hallan disculpa ante las restricciones rígidas del deber, fueron inevitable resultado de haber infringido el mas santo de todos los que aconsejaron y consintieron la criminal violencia. El imprudente marido descubrió la pasion de Macías y de su esposa, y cobarde y débil no osó presentarse armado cara á cara con el once1 é incurrió en la flaqueza vergonzosa de acusarle ante el maestre. D. Enrique llamó á Macías, le reprendió severamente y le amenazó con un castigo ejemplar si no olvidaba para siempre á la mujer del hidalgo ofendido. Sin duda no habia aprendido el maestre con sus lucubraciones prolijas, que el amor crece cuando halla obstaculos: la aficion de ambos amantes tomó mayor intensidad y la del mancebo degeneró en una especie de idolatría que le transportaba ensalzando á su señora y dando publicidad á sus amores. D. Enrique quiso evitar este escándalo, y no pudiendo reprimir con blandas amonestaciones al jóven impetuoso, mandó prenderle. Macías fué conducido al castillo de Arjonilla, lugar de la órden á cinco leguas de Jaen; y allí, en las sombrías bóvedas del torreon, lamentaba su desventura y componia en elogio de su amada epístolas y trovas, que recitaba á los pasajeros y cantaba á veces en el silencio de la noche. La correspondencia y los versos escritos llegaron á manos del marido, el cual sañudo y despechado se armó de adarga y lanza, montó á caballo y comenzó á  rondar junto al calabozo. Prorumpió Macías en sus canciones acostumbradas asomado á la ventana de su prision, y en aquel punto el hidalgo que le acechaba le disparó un venablo tan certero, que el triste amante cayó atravesado de parte á parte, y exhaló con el último suspiro el postrer á Dios á su querida. El asesino logró con la ligereza de su caballo sustraerse de la venganza de los amigos y compañeros de Macías, se internó á escape en la frontera y se puso al servicio del rey de Granada. E1 cadáver, conducido en hombros de los caballeros y escuderos de la comarca, quedó sepultado en la iglesia de Sta. Catalina del mismo castillo. La traidora lanza fué6 colocada sobre su tumba modesta, y uno de sus amigos, trovador tambien , compuso el epitafio siguiente:

 Aquella Ianza sin falla

 i Ay coitado !

 Non me la dieron del muro

 Nin la prise yo en batalla;

 Mal pecado.

 Mas viniendo á ti seguro

 Amor falso é perjuro

 Me firió; é sin tardanza

 Fué ta1 la mi andanza

 Sin venturo.

La historia no ha trasmitido el nombre ni la suerte de la desventurada jóven. Muchos poetas se han ensayado felizmente celebrando con entusiasmo la exquisita sensibilidad de Macías, su constancia, sus trovas, y recordando con dolor su alevosa y temprana muerte.