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Lo nuevo y lo viejo

Antolín, obispo de Jaén (I)

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Supe del Obispo Antolín en la Historia de los heterodoxos españoles de Marcelino Menéndez Pelayo.
Al hablar de la sesión (a la que denomina de las blasfemias) de las Cortes Constituyentes, de 26 de abril de 1869 -en las que participaba el obispo-  D.Marcelino señalaba:
La discusión fue no debate político, sino pugilato de impiedades y blasfemias, como si todas las heces anticatólicas de España pugnasen a una por desahogarse y salir a la superficie en salvajes regodeos de ateísmo.”
Leído esto, ¿cómo resistir la curiosidad de documentarse sobre dicha sesión?
Otra extrañeza me asaltó también: ¿porqué, en la nutrida nómina de obispos que integran el callejero de Jaén no aparecía uno tan sonoro y cadencioso como el de  Antolín Monescillo?
Calle del Obispo Antolín Monescillo ¿se imaginan?

Bien, en este enlace pueden consultar el Diario de Sesiones de las Cortes Constituyentes bajo presidencia del Señor Don Nicolás María Rivero, de la sesión del lunes 26 de abril de 1869: La sesión de las blasfemias.

De sesiones anteriores les cuento.
El proyecto de Constitución recogía en sus artículos 20 y 21:
Art. 20. La Nación se obliga a mantener el culto y los ministros de la Religión católica.
Art. 21. El ejercicio público o privado de cualquier otro culto queda garantido a todos los extranjeros residentes en España, sin más limitaciones que las reglas universales de la moral y del derecho.
Si algunos españoles profesaren otra religión que la católica, es aplicable a los mismos todo lo dispuesto en el párrafo anterior.

Durante el mes de abril de 1869, en varias sesiones, se debatió sobre el asunto con la participación muy destacada del Obispo de Jaén. Les transcribo a continuación las intervenciones del Sr. Monescillo anteriores a la sesión de 26 de abril.

El Sr. MONESCILLO (Obispo de Jaén) : Empiezo, señores Diputados, dando gracias al Sr. Ochoa, que ha tenido la bondad de cederme la palabra, y tambien al Congreso si se digna prestarme su atencion, porque este discurso empieza á deshora, fatigada ya la Cámara, debilitado yo y no en buen estado de salud . Sin embargo, ruego á los Sres. Diputados que me escuchen con benevolencia, y creo que me dispensarán si no soy todo lo exacto, todo lo preciso, todo lo justo que debo ser en un debate que ahora empieza para mí y que parece que ha de terminar con este mi discurso.

Verdaderamente, al leer el proyecto que discutimos lo primero que me ocurrió decir fué : ¡cosa grande, cosa magnífica, aspiracion verdaderamente nobilísima de parte de los señores de la comision!

Por cierto se extrañará que teniendo yo la palabra al parecer en contra, haga este elogio del trabajo de la comision; todo lo merecen : la fatiga que se ha tomado para concluir este trabajo verdaderamente penoso es digna de los mayores elogios; siento que no se halle presente el Sr. Mata, á quien especialmente me dirijo con esta observacion: no ya ocho dias, ni ocho años creo yo que serian bastantes para dar por concluido un trabajo de tanta consideracion; yo tambien extraño mucho que hayamos entregado estas cuestiones tan trascendentales para el país á una que me permito llamar, sin ofensa de nadie, verdadera improvisacion . Y á este propósito, debo advertir al Sr . Diputado que nos ha honrado á los prelados considerándonos como los consultores de la comision (sintiendo mucho la ausencia de este sitio del Sr . Cardenal Cuesta, que en este momento es una verdadera desgracia para mí), que nosotros no hemos sidos tales consultores : los señores de la comision no necesitaban consultores: los señores de la comision no necesitaban nuestra consulta, ni aun siquiera nuestro consejo . Quiero hacer brevemente la historia de nuestra llamada al seno de la comision.

Se dignaron estos señores contar con los prelados, no con ánimo ciertamente de consultarlos, pero sí de oírlos : los oyeron en efecto, y esté tranquila la Cámara :  yo ruego á los señores de los bancos de enfrente (La izquierda), á los señores de la derecha, á todos, que son mis hermanos, que son españoles, que tengan la generosidad, que tengan siquiera el sentimiento de la justicia que siempre les distingue, y me hagan á mí la de creer que les voy á decir la verdad: estén tranquilos y satisfechos todos los Sres. Diputados podeis todos estar seguros de que los prelados no han tenido ni la más mínima influencia en el proyecto que se discute: los señores de la comision nos han oído con deferencia, sí, con respetuosa consideracion; pero, Sres. Diputados, nos han despedido tambien con mucha política. No aparecen en el proyecto ningunas de las consideraciones que nosotros hicimos sobre él: los señores de la comisión tienen la bastante independencia, y yo respeto la independencia de todos los hombres, porque yo tambien soy independiente, y recuerdo á este propósito lo que decía San Pablo: civis romanos sum(Muestras de aprobación.); también yo soy ciudadano romano, yo que me precio de ser ciudadano español, reconozco esta independencia, esta noble, esta santa, esta gloriosa independencia en los señores de la comision.

Los prelados han agradecida las atenciones de la comisión, como han agradecido las atenciones de toda la Cámara y del Gobierno provisional. Jamás, lo declaro altamente, y creo que con esto contraigo méritos para que seme crea, nunca en loe ocho años que llevo de prelado he recibido tantas atenciones del poder como desde que se estableció el Gobierno provisional. ¿Os basta esto, señores Diputados? ¿Reconocéis en mi la buena fé? (Muestras de adhesión.) Yo tengo el consuelo y además la satisfacción de que los señores de la comisión han visto mi corazón en la mano. ¡Ojalá que lo viérais vosotros también! (Bien, bien.)

Pues bien, señores, empezaba diciendo que parecería extraño que yo tuviera palabras de alabanza para la comisión; ¿y cómo no tenerlas? A ello me obligan las palabras que preceden al proyecto de Constitución . Yo dejo, señores, para vosotros todo el mundo, el gobierno del país, la administración de la justicia, la formación y aplicación de las leyes, en las cuales pudiera yo también tomar parte porque soy ciudadano español ; pero como esto es solamente un preliminar para la cuestión que más directamente nos afecta, lo dejaré á un lado, con tanto mayor motivo, cuanto que os considero fatigados, y yo lo estoy también, como podréis conocer por mi voz debilitada al cabo de una larga vida de tristes historias llena. No estoy, pues, para semejante fatiga, en términos, que aun para el trabajo que me propongo llevar á cabo, no sé si me bastarán las fuerzas . Por dicha, los señores de la comisión me han facilitado la tarea. Les doy por ello gracias. Sí, Sres. Diputados, os aseguro que mi discurso está hecho en el trabajo de la comisión con las breves palabras de la misma. Oíd, Sres. Diputados, y os vuelvo á suplicar vuestra atención . “La Nación española, y en su nombre las Cortes Constituyentes, desean restablecer la justicia, afianzar la libertad y la seguridad, y desenvolver la prosperidad en bien de cuantos viven en España.”  ¡Qué nobilísimo intento el de la comisión! Esa es vuestra aspiración, es la mia, esa es la de todo el que siente la justicia y la equidad: nunca le agradeceremos bastante á la comisión este arranque de nobleza y de verdadera rectitud de miras : ¿quién no querrá Ir á donde la comisión le quiera llevar? ¿Quién no querrá establecer la justicia, afianzar la libertad y la seguridad, y desenvolver la prosperidad en bien de cuantos moran en España? Señores, establecer la justicia, ¡cosa santa, cosa grande, cosa admirable!

¡La justicia, que levanta las naciones, en la cual es asientan los tronos, en la cual se apoyan los tribunales; el sentimiento de todos los corazones, el sentimiento también de todas las almas cristianas, única y verdadera fuente del derecho! Pero ¿establecer la justicia, señores de la comisión? ¿Qué se dirá en los países, extraños, qué se dirá fuera de aquí, en la calle, en los pueblos, en la discusión de todos los días? ¿Se dirá que no había justicia en España? Que venimos á establecer la justicia : ¡ojalá la establezcamos! Yo hubiera dicho, y cuidado que hay personas notabilísimas en la comisión, y muy entendidas en letras y en toda especie de conocimientos, yo hubiera dicho más bien que era nuestro ánimo, que era nuestro propósito consignar y declarar dónde estaba la justicia; que nuestro ánimo era buscarla, porque la justicia no procede de nosotros, es anterior á nosotros, precede á nuestras Constituciones: la justicia soberana sería entonces prenda segura de nuestra justicia.

Vais á extrañar, Sres. Diputados, y va á extrañar el pueblo que me escucha, lo que voy á decir : yo no temo los escándalos cuando son la gloria del género humano, cuando son la gloria de la personalidad humana . ¿Querréis creer que también yo vengo del campo de la libertad? Nosotros diréis: ¿y como viene este Obispo del campo de la libertad? ¿Cómo? Cuarenta años hace discutiendo, cuarenta años hace definiendo, cuarenta años hace argumentando en el periódico, porque yo también he sido periodista, pobre periodista, miserable periodista, he venido del campo de la libertad peleando sin cesar en el periódico, en el libro, en el folleto, en la controversia. No he disimulado ninguna clase de argumentos, no sé si he respondido á todos, porque no me considero con capacidad suficiente para ello ; pero yo os aseguro que lo he procurado, que vengo del campo de la libertad, y tal vez el haber vivido en el campo de la libertad, de la discusión, de la enseñanza, de la controversia, el haber vivido entre hombres de todas clases, ha hecho que una persona que debiera ser desconocida por su insignificancia, haya llegado á estos bancos, y sobre todo lleve una mitra que es indigna de llevar.

Vengo, pues, del campo de la libertad y no temo la libertad ; yo quiero la consagración de las libertades, pero no quiero la impunidad de la culpa ni del pecado; y digo el pecado, porque lo mismo en lo criminal que en lo moral,

el pecado, como el delito y la falta leve, es la trasgresión, es un apartamiento de la ley: por manera, que al hablar de una trasgresión cualquiera, sea crimen o sea falta, puedo llamarla con el nombre genérico de pecado. Este pecado lo tenemos todos . ¡Ah, con qué hermosa frase lo decía mi querido amigo, pues le amo de todo corazón, el Sr.  Moret: ¿hay una culpa común á todos¡» Y en efecto, yo veo que todos estamos inficionados de esa culpa común; y cuenta que ahora no hablo del pecado de origen.

¡Qué desgracia para vosotros, entendimientos generosos, qué desgracia para vosotros, corazones magnánimos, qué desgracia para mí el vernos en diversos campos, unos que piensan de una manera, otros que pensamos de otra! Y cuando somos intolerantes unos respecto de otros, y la intolerancia está en habernos dividido, ¿no es verdad que con dolor señalamos a unos bancos en escisión con otros y que con profundo pesar hacemos mil apartes? Pues bien, cuando los partidos son intolerantes y se excluyen, no queramos que la vedad sea tolerante y que se amase con el error. Yo pienso, señores, que lo que es permitido para aquellas cosas en que los hombres somos falibles y podemos engañarnos, no debemos pasarlo, á las altas regiones de la revejación, de los misterios, de las grandes cuestiones trascendentales, y bien sabéis vosotrosá qué llamo cuestión trascendental.

Mi antigua escuela decía que una de las propiedades trascendentales era el unum, la unidad. ¿No es verdad esto? Yo no comprendo la variedad de religiones; si todas son iguales, no hay ninguna religión: voy á decir sinceramente cuál es en esta materia el pensamiento cristiano, cuál es el pensamiento pagano, cuál es el pensamiento político, y al llegar á este punto, será cuando entre á examinar el proyecto de Constitución.

Oigo á un pagano, gloria de la elocuencia y de la literatura, quien acercándose ya al cristianismo, habiendo visto los primeros albores de la luz, de esa luz magnífica que irradia de Nuestro Señor Jesucristo, decía á los que andaban dando culto á diferentes dioses: “dejaos de locuras, dejaos de insensateces: qui Deus nen est, aui unus esi; ó no hay Dios, o es uno. ¿No es verdad, Sres. Diputados, que hiere la grandeza de este pensamiento? Pluralitas Deorum nulitas Deorum: á pluralidad de Dioses, nulidad de Dioses; á pluralidad de religiones, nulidad de religiones.

Ved, pues, por qué yo vengo á apoyar la unidad religiosa, porque creo que si todas las religiones son falsas, no hay moral verdadera; la moral se asienta en la religión. No es un argumento ad terroremel que os hago á vosotros que tenis el ánimo muy levantado, á vosotros á quienes nada os espanta ni aterra, como no me aterra ni espanta á mí, que no vengo del campo del miedo; es un argumento que hago á la convicción, á vosotros mismos, cuando os digo: el día en que proclaméis que no hay religión, habremos de decir: no hay moralidad, no hay moral.

Señores Diputados, nosotros estamos aquí en virtud de un pacto moral;  ved el pacto que han hecho conmigo mis electores, mis paisanos, los manchegos, de quienes yo no me acordaba, como ellos tampoco se acordaban de mí para nombrarme su representante; solamente podía acordarme de ellos para vender esta capa, y esta capa no era de mis paisanos, era de mis diocesanos (Bien, muy bien.) Pues bien : oíd, compañeros míos, oíd: ¿sabéis lo que me han dicho mis electores, mis paisanos, los manchegos? «Señor obispo, hay necesidad de que Vd. vaya á las Cortes.» El Obispo no contestaba, el Obispo no sabia si debía venir, si podía venir, si había inconveniente en que viniera. El Obispo tuvo la franqueza de decir en letras de molde para que nadie pudiese dudarlo; «mi presencia en el Congreso podrá ser conveniente, pero podrá ser también perjudicial.» En la época en que el Obispo lo dijo, ya comprenderéis, Sres. Diputados, cuánta prudencia encerraban sus palabras. En todas las cartas que tengo, y que pasan de 200, instándome á que aceptase la Diputación por la provincia de Ciudad-Real, me dijeron mis paisanos: «Señor Obispo, vaya Vd. á la Asamblea Constituyente á defender la religión, á defender la unidad católica.» Y yo decía para mí : han perdido el juicio los sesudos manchegos. ¿En qué piensan los hombres llamados de la antigua alianza? ¿En qué piensan aquellos hombres encanecidos que parecían no tener participación en los negocios del país, puesto que ahora me eligen para defender la religión y la unidad católica?

Llegando ya las cosas á su término, ya me habéis visto, Sres. Diputados, he venido al lado del Sr. Cardenal Arzobispo de Santiago, al lado de ese hombre eminente, de esa lumbrera de la Iglesia, y he venido, no como Obispo, sino muy honrado con ser el asistente, que en otro tiempo se hubiera llamado el diácono del Obispo. ¡Ah, cuán tristemente deploro que no se halle en este recinto! Yo quisiera oírle reflexionar; yo quisiera sobre todo oírle aclarar las cosas, definirlas, compararlas entre sí, para que las deducciones fuesen claras, lógicas, evidentes, en bien vuestro y en bien nuestro, porque, como he dicho antes citando al Sr. Moret, hay una desgracia común, la de no entendernos . ¿Y no es una lástima que no nos entendamos los hombres que tenemos corazón, porque yo también lo tengo, los hombres que tenemos entendimiento, el cual recibe la buena fé del corazón, y en el cual se irradia la gran luz, la altísima verdad? Yo veo aquí de dónde viene la luz. Mirad vosotros también allá arriba una luz muy superior, muy superior á esa luz que nos ilumina. ¿Sabéis dónde la veo yo reflejándose? En vuestras frentes.

Este es el derecho natural; este es el derecho sobre todos los derechos; este es el derecho á que no renuncio, porque no puedo ni quiero renunciar á él; ese derecho, que es la imagen de Dios, y de que nos hablaba ayer un Sr. Diputado con tan buena entonación como graciosísima frase, ese derecho yo no lo abdicaré nunca.

El Diputado que os dirige su humilde voz no habla en nombre de la Iglesia porque no representa ni es digno de representar á la Iglesia. En la Iglesia católica no hay iglesia española, ni francesa, ni italiana: hay dos palabras que no caben en el catolicismo, aunque el catolicismo es muy grande, muy vasto, universal, que todo lo abarca.

¿Sabeís cuáles son esas dos palabras? El yoy el nosotros: el yo no cabe en la Iglesia católica; el nosotros no cabe en la Iglesia católica.

No incurriré en los errores de la nación francesa, que recuerdo, no para ofenderla, porque yo la respeto, tengo amigos en ella y quisiera poder honrarla y enaltecerla mucho; pero hace á mi propósito el decir, respecto á ella, una cosa que todos sabéis, porque ¿quién ignora la historia de la Iglesia? Pues qué, la historia de la Iglesia ¿no es la historia del Imperio y de las grandes repúblicas? Y ya que de república hablo, permitidme que os diga que no la temo, porque al fin, república ¿qué es? Rex populi. Y la causa del pueblo no me es extraña. ¿No vengo yo del pueblo? ¿No soy del pueblo? Pues bien, ¿sabéis lo que dijo esa nación, siempre deseosa de absorber todas las fuerzas del mundo? Pues esa nación llena de pretensiones dijo : «nosotros, nosotros.» No, no, respondo yo; no hay Iglesia francesa; hay iglesia católica, y todas las lglesias de todos los países no tienen más que una cabeza y una dependencia; no, en el catolicismo no hay yoni nosotros, sino tu, todos. En la Iglesia católica todos somos todos; todos pertenecemos á la Iglesia católica, no pertenecemos nosotros á la Iglesia española por más que sea grande el episcopado español. Se anuncia ya la próxima celebración de un concilio ecuménico. ¡Ah! Yo no iré, porque no estoy para ir á ninguna parte, porque soy un soldado inválido; pero yo sé que irán Obispos que darán honra á España. Incurren en un error los que dicen que los más eruditos, los que pasan por hombres de cierta clase de conocimientos superficiales han de ir allí á dar luz, no; la luz saldrá de otra parte. ¡Quiera Dios que salga de mi patria! De mi patria saldrá. Allí irán los discípulos de Melchor Cano, allí irán los discípulos de Salmeron, allí se verá lo que se vio en el siglo XVI, que no estamos tan atrasados cómo se supone, con lo cual se nos vilipendia, y si la palabra no fuese dura, diría que se nos calumnia. Dispensadme, señores Diputados, la digresión, y después de repetir que no represento ni puedo representar á la Iglesia, vengamos á nuestro asunto. Tratemos ya de la unidad religiosa. Sabéis, señores, que además de Diputado soy Obispo, y no puedo ni quiero desprenderme de este carácter. Hice cuanto estaba de mi parte para no admitir el cargo que aquí ejerzo; rehusé, no se aceptó la renuncia; no hubo, más remedio que admitirlo, pero al desempeñarlo procuro ser ministro y procuro ser prelado.

Hay un concepto grande, una idea magnífica, una idea poderosa. ¿Sabeis lo que me dice á mí la Iglesia católica en las altas revelaciones? A mí me dice la Iglesia católica lo que dice á todos los obispos: Depositum custodi: ahí tienes el depósito. ¡Qué depósito, señores! La palabra de Dios revelada, escrita y no escrita; guarda, guarda ese depósito . Guarda también, me dice, las tradiciones que recibes, ya sea de palabra, ya sea por escrito. Y me dice también: las tradiciones que tú guardas, las doctrinas que tú conservas y de que eres depositario, están bajo el escudo de la santa verdad ; están bajo el escudo que se apoya en la columna y firmamento de la verdad, que es la Iglesia de Dios. Y me dice también: uno es Dios, una es la fé, uno es el bautismo; sois todos los cristianos un solo cuerpo; procurad tener todos un solo espíritu. Y finalmente, ¡qué cosa tan admirable! ¡Qué cosa tan magnífica! Apreciadlo, católicos, hermanos míos los españoles: el mismo Evangelio en tono de profecía me dice que llegará el tiempo en que trabajando, yendo de un campo á otro, departiendo con todas las gentes, llegará á verificarse esa gran unión, la unión de todo el mundo; no habrá más que un solo redil y un solo rebaño, bajo la dirección de un solo pastor.

Y dice el apóstol San Pablo : «cuidad mucho de conservar la unidad del culto y de la paz; en el culto y en la paz está el orden ; el orden trae la concordia, y de la concordia de los hombres nacen todas las prosperidades, que van en aumento conforme se aprieta el santo lazo que se llama la caridad .» A este punto hemos llegado ya, á tratar de la unidad religiosa en nuestro país.

Vosotros, Sres. Diputados, comprenderéis mejor que yo que no es lo mismo tratar de la unidad dogmática que de la unidad, digámoslo así, dogmático-política. Pero de cualquier modo, si es necesario que, como quieren las Santas Escrituras, tengamos un solo corazón, hablemos la misma lengua y tengamos un mismo modo de pensar, ¿no os parece que este es el bello ideal de todas las aspiraciones humanas? Vedlo si no en aquellos bancos (Señalando á los de oposición republicana), donde hay tantas personas ilustradas, así como en otros, donde hay también muchas que no lo son menos, en todos nosotros, en fin, ¿qué idea domina? A mí mismo, en este momento, ¿qué espíritu me mueve? ¿Sabéis cuál? El del proselitismo, el de atraeros, el de llevaros á todos, si posible fuera, á pensar como yo pienso.

Esta es la nobilísima aspiración del entendimiento y del corazón humano. Y ¿por qué hemos de ensanchar las distancias, tanto más que, como os he dicho con la voz de los antiguos filósofos : «á pluralidad de Dioses, nulidad de Dioses?» Queremos o no queremos; esta es la cuestión clara y terminante.

Si quiere sostenerse por alguno que todas las religiones son iguales, contéstese primero á un dilema que aquí nos presentó el Sr. Sánchez Ruano. Decía este Sr. Diputado con una entonación vigorosa, dirigiéndose á la comisión: «ó creéis que todas las religiones son iguales, ó que hay una superior á todas las demás. Si creéis que todas son iguales, ¿por qué no proclamáis la libertad de cultos? Y si creéis que hay una religión más superior, más digna que las otras, ¿por qué no consignáis este privilegio?».

Este es un argumento contundente, indestructible.

Pues bien: yo, partiendo del mismo argumento, lo amplío diciendo: si creéis que todas las religiones son iguales, ¿por qué no proclamáis el indiferentismo? Y vosotros, los de ardiente corazón, los de cabeza escudriñadora de las cosas altas, ¿estaréis por el indiferentismo en religión cuando no lo estáis respecto á nada de lo demás que os atañe? Yo no os haré la injusticia de creer que si en las cosas naturales de la vida no sois indiferentes, habríais de serlo en materia de religión. Entonces habría que declarar la no existencia de religión, y esto no debe declararlo una sociedad, porque la traería funestas consecuencias: la historia lo demuestra: cuantas naciones se han regocijado con semejante idea, han visto pronto su perdición. Yo no quisiera que se regocijara en este sentido nuestra patria, que hartos conflictos y hartos quebrantos tiene que deplorar. Pero se dice que algo hemos llegado á establecer en el proyecto. Verdad es que en el proyecto se consigna un hecho, á saber: que la Nación española, o el Estado, se obliga á mantener el culto y los ministros de la religión católica. Es decir, que se supone existente la religión católica; que hay una religión, que es la católica, cuyo culto y ministros se obliga á mantener la Nación. Pero, señores, ¿no está ya obligada la Nación á este sostenimiento? Pues si lo está, no tiene para qué obligarse. Pero ya que se dice que la Nación se obliga á mantener el culto y los ministros de la religion católica, ¿por qué no añadir la frase que profesan los españoles? No creo que pudiera calificarse esto de prodigalidad de palabras. Y además, que esto es una verdad: que los españoles profesan la religión católica. Yo no veo que haya ninguno qué no sea católico, por la misericordia de Dios; y si lo hubiera, yo le llamaría para atraerle, que tengo corazón y voluntad bastante para darle vida de mi vida, sangre de mi sangre, y darla cuanto soy para atraer al buen camino al extraviado. (Bien, bien.)

Pero aun suponiendo que haya alguno, ¿son tantos que sea necesario garantirles el culto de otra religión distinta? Yo, tal vez por ser eclesiástico, no veo realmente la necesidad de establecer esa libertad religiosa.

Se ha indicado también que el hombre es religioso por temor. No: oíd lo que ha dejado consignado un escritor á quien no desdeñará la Cámara : «el hombre, ha dicho, no es religioso porque sea tímido, sino porque es hombre.» ¿Y sabéis quién es el que ha dicho esto? Pues es Benjamín Constant. El hombre es religioso porque es hombre. Yo por temor no sería católico; la religión católica no intimida, no amenaza, ni, ¿cómo? si es todo amor. El hombre es religioso porque es hombre; y el que diga que no tiene religión, le faltará la caridad, pero estad seguros de que tendrá superstición. El hombre, naturalmente, por más que sueñe en un delirio noble, por más que tenga altísimas aspiraciones, por más que se crea soberano, ya sabe al fin que es miserable. (Bien) .

El Sr.VICEPRESIDENTE(Cantero): Habiendo pasado las horas de Reglamento..

Gran número de Sres. Diputados: Para mañana, para mañana.

El Sr.VICEPRESIDENTE(Cantero): Orden, señores Diputados, orden Sr. Obispo, habiendo terminado las horas de Reglamento, S . S . se servirá manifestar si desea continuar su discurso en esta misma sesión ó si quiere dejarlo para mañana. El Presidente está á las órdenes de S. S . Si piensa continuar ahora, se preguntará á la Cámara si se prorroga la sesión; y si desea descansar, dejando pendiente para mañana su discurso, así se hará. Sírvase V. S. manifestar cuál es su deseo.

El Sr.MONESCILLO(Obispo de Jaén) : Aprovechando la bondad del Sr. Presidente, y viendo que la tendencia de la Cámara es la de que mañana continúe la discusión, deseo hacerlo así.

El Sr.VICEPRESIDENTE(Cantero) : Se suspende esta discusión.»

Huyendo de la feria llegué a …

Miguel García Vivancos

En el Museo Internacional de Arte Naïf “Manuel Moral” hay una pequeña sala a oscuras, que se ilumina cuando un sensor de movimiento te percibe. Contiene obras de Miguel García Vivancos.

Miguel fue un anarquista, miembro de Los Solidarios, exiliado a Francia tras la Guerra Civil, pintor de tardía vocación.

Con motivo de una exposición en la Galería Mirador de París en 1950, André Breton publicaba la siguiente reseña en Le Libertaire

LA PINTURA: MIGUEL G. VIVANCOS

Como al regresar de los bellos paseos, el crío a horcajadas sobre los hombros del padre –al cruzárselos, se va de la mirada del uno a la del otro, para componer una única mirada, que sería la mirada misma de la felicidad–, como también esas flores-llamas, los alelíes, nunca tan bellos cuanto fuera de alcance, en lo alto de los viejos muros, la pintura de Miguel G. Vivancos nos es una indiscernible lección de fuerza y candidez. El don que ella manifiesta es mucho más que aquel que nos agrada desvelar únicamente en el arte, es lo que sacraliza, a partir de la vida vivida más intensamente, la más elevada posibilidad de recomienzo de la vida. El crío para siempre sobre los hombros del hombre, la cima ardiente de un muro que desafía las ruinas, es la mirada de nuestro amigo Vivancos, que fue alternadamente conductor, portuario, pintor de paredes, vidriero, minero, antes de revelarse, al lado de Durruti, uno de los héroes más puros de la guerra de España (es al coronel anarquista Vivancos a quien se debe la toma de Teruel en diciembre de 1937; fue él quien, en tanto que comandante militar de Puigcerdà, organizó de manera impecable la evacuación hacia Francia de setenta mil republicanos). En este 14 de abril de 1950, día del aniversario de la proclamación de la República española, tengo la honra de saludar al hombre a quien la derrota momentánea de sus ideas y cinco años de campo de concentración en Francia no abatieron para nada y cuyo sorprendente destino es saber exaltar, hoy, como ningún otro, lo que supo defender: la simplicidad de un pueblo, la primavera de un castaño, las viejas piedras de la historia, la cúpula en marcha de las naranjas, las tiendecitas que sueñan y el deslumbramiento filosofal de los trigos maduros.

André Breton Le Libertaire, 21 de abril de 1950

La hora de Jaén

Meridiano de Indolencia