¡Qué pocas luces tenéis!

Ayer se inauguró la iluminación de Navidad en Jaén (¡un 28 de noviembre!). Quería escribir sobre ello pero se me “adelantó” Jorge Armesto en EL SALTO.

Cómo no puedo igualarlo, reproduzco su artículo titulado: Los Alcaldes de Vigo y Madrid tienen razón:

Fatalmente acostumbrados a la mediocridad de nuestros representantes públicos, ya hay pocas imágenes que nos turben, pues sin duda uno de los distintivos de estos tiempos es la absoluta pérdida de recato en la exhibición de la imbecilidad. Siempre ha habido imbéciles, sí, pero quizá antaño procuraban no parecerlo y hoy, al contrario, brillan en todo su luminoso fulgor.

Tal fue el caso de la ridícula escena de los alcaldes de Vigo y Madrid, compitiendo para ver quién ponía más bombillas en su ciudad, con el compadreo chabacano de dos borrachos midiéndose las pollas mientras mean en una tapia. Eso sí, seamos justos: sin restarle al alcalde de Madrid sus bien ganados méritos en el campo de la idiotez, reconozcamos que esta insensata competición de las bombillas, a la que sin duda se adherirán otras tantas ciudades dirigidas por otros tantos cretinos, la inauguró el regidor vigués Abel Caballero. Al César, lo que es el del César.

Vigo hace apenas un par de años estaba completamente rodeada por las llamas e incluso algunos fuegos prendieron en sus barriadas aledañas. Cuatro personas murieron en esa ola de incendios. Al mismo tiempo, sus problemas con la sequía hicieron que su alcalde planease traer el agua en buques cisterna. Las previsiones para los próximos 30 años hablan de que el ascenso del nivel del mar anegará sus muelles, la factoría de PSA Citroën, y devorará sus playas más notorias. En fin, se puede decir que de cambio climático va bien servida. Aunque solo fuese por pura conveniencia, cabría esperar que se posicionase a la vanguardia de la sensibilidad medioambiental, que tratase de reducir sus dependencias y emisiones y abanderase una nueva cultura sostenible.
Pero claro que no. En su lugar, es la vanguardia del derroche energético ostentoso y de la megalomanía palurda de su vanidoso regidor que en su delirio compara a esta ciudad con Nueva York. El seguidismo del alcalde de Madrid, otra urbe con espantosos problemas ambientales, era una simple cuestión de tiempo pues ya dice el refranero español que no existe un tonto que no sea admirado por otro tonto.

Mas la indigencia intelectual y moral de nuestra clase política no lo explica todo. No explica, por ejemplo, por qué hay auténticas peregrinaciones de miles de personas de toda Galicia que acuden “a ver las luces”. Ni explica por qué los vigueses están tan orgullosos de que su ciudad, que finiquitó el festival de Artes Escénicas ALT para poder pagar la luz, sea un referente mundial, no en el bienestar, ni en la justicia social, ni en la cultura sino en el despilfarro eléctrico.

En un capítulo de la serie Merlí, el profesor de filosofía plantea a su clase el siguiente dilema: “Vais por la orilla de un lago y veis a un niño que se ahoga, pero lleváis unos zapatos nuevos de 80 euros que se destrozarán si entráis en el agua a salvarlo. ¿Qué haríais?”. La clase responde al unísono que sin duda salvarían al niño y Merlí objeta: “¿Entonces por qué no dedicáis esos 80 euros a mejorar las condiciones de vida de personas en necesidad extrema en lugar de gastarlos en unos zapatos?”.

Este dilema, que los guionistas de la serie plagiaron palabra por palabra de Peter Singer, equipara la escena del niño que se ahoga ante nuestros ojos con nuestra posición ante la realidad conocida de los 27.000 niños que mueren cada día por causas evitables sin que nosotros sacrifiquemos para evitarlo las cantidades excedentarias que dedicamos a nuestro ocio. Singer sugiere que cada euro que malgastamos en objetos innecesarios es responsable silente de la muerte de aquellos que podríamos haber salvado.

Sin ser tan categórico, en todo caso sí podríamos afirmar que una posición ética decente nos obligaría a auscultar cada uno de nuestros gastos con un talante de crítica gravedad. A sentir el peso y la trascendencia de cada uno de nuestros hábitos de consumo y juzgarlos, todos y cada uno de ellos, en una balanza oponiéndolos al mal que causan. Por ejemplo, no haría falta resolver la Conjetura de Poincaré para, con simples operaciones matemáticas, calcular cuántas muertes infantiles se necesitan para extraer un gramo del coltán con que se construye un móvil.

Y lo justo sería que en sus especificaciones figurasen los decimales de niños muertos utilizados, así como las otras consecuencias gravosas de su fabricación. Esto convertiría el acto de su compra en algo comprometido, perturbador y que necesitaría de embarazosas justificaciones. Y si aun así se adquiriese, quizá habría que pensar —siguiendo a Singer—, cómo tratar de compensar de algún modo el daño causado.

En su lugar, nuestro consumo acostumbra a ser de una inconsciente y autocomplaciente ligereza. Y no es ya que en el acto de consumir nos acometa una conveniente amnesia sobre las consecuencias negativas que tan bien conocemos, sino que caemos con irreflexiva alegría en contradicciones palmarias. Así, los mismos que nos manifestamos hondamente conmovidos a favor de la declaración de emergencia climática tomamos vuelos para unirnos a las muchedumbres de turistas que enjambran ciudades y espacios naturales de todo el mundo. Los mismos que padecemos y nos escandalizamos por la subida de los alquileres utilizamos en esos lugares que visitamos en muchedumbre las mismas plataformas tecnológicas responsables de la gentrificación de nuestros barrios. Pedimos que se ponga coto en nuestras ciudades, pero lo aprovechamos en las otras.

Voy a revelar un secreto personal. Hace unos meses, a raíz de un artículo que reflexionaba acerca de la ética política en la sociedad capitalista al hilo de la polémica por las fragatas en Cádiz, se me invitó a unas jornadas en Londres que organizaba Podemos Exterior. Se me planteó entonces un dilema: ¿compensaba mi participación los daños ecológicos y el gasto que causaba mi viaje? La respuesta era evidente: no. La cuestión se agravaba porque la premura de tiempo, mis responsabilidades con los cuidados y mi propia capacidad me impedían siquiera tratar de escribir un texto con cierta enjundia. En todo caso, ¿qué altísimas virtudes debería tener para que justificase tal viaje? ¿Y no existía una contradicción flagrante en perorar sobre ética y consumo a miles de kilómetros de mi casa y debiendo tomar cuatro vuelos? Decidí entonces no acudir y me disculpé con una mentira piadosa. Mentí por no parecer que cuestionaba los presupuestos éticos de un acto que albergaba las mejores intenciones. Desde aquí, por cierto, pido disculpas a las organizadoras.

Por supuesto, lejos de ser modelo de nada, cada día en mi rutina cotidiana entro en tantas contradicciones como el que más, pero narro esta historia para sugerir que tal vez esta debería ser nuestra actitud: de permanente duda, sospecha y autocuestionamiento. ¿Merece la pena? ¿Está justificado? Porque sin ese desvelar el mal que se oculta en la tiniebla de nuestros actos cotidianos no hay forma de pretender conjeturar una realidad diferente. ¿Cómo podríamos siquiera osar imaginar un mundo mejor si somos incapaces de iluminar la realidad objetiva de este?

No solo no cuestionamos ni iluminamos la parte tenebrosa y oculta de nuestra cotidianeidad sino que servimos como involuntarios apologetas del sistema extractivo que nos avasalla. Y así alardeamos de comprar una camper para vivir la naturaleza o de nuestros viajes por el globo, que juzgamos diferentes al resto de la horda de langostas, pues nosotros, solos nosotros, somos viajeros, no turistas. Pero si participar en un acto ético no justifica un vuelo, ¿lo justifica el turismo?

Antes mencionaba una serie: Merlí. Se emite en Netflix, empresa que es propiedad no de unos encantadores hippies creativos sino de gestoras de fondos como Black Rock que se está adentrando en el mercado inmobiliario español siguiendo los pasos de otras como Blackstone, responsable de la inflación desorbitada del mercado de alquiler. Puede que mañana nos desahucien, pero al menos hoy nos entretienen.
Netflix usa combustibles fósiles, sobre todo carbón, para generar la enormidad de energía que necesita para difundir sus productos por todo el mundo. Se estima que la contaminación generada por la industria de internet y su impacto en el clima son equivalentes a las del sector de la aviación. No parece, sin embargo, que tales advertencias hagan mella en nuestro consumo compulsivo de series que son, además, difundidas masivamente con el boca-oreja por nosotros mismos como disciplinados agentes publicitarios. Nuestros mismos referentes de partidos de izquierda padecen de una incontrolable pulsión por hacer publicidad gratuita de las mercancías de estas empresas. ¿Debemos dejar de verlas? ¿Debemos dejar de viajar? No diré yo la respuesta.

Según Lipovetsky, no hay ninguna esperanza de detener la hecatombe climática apelando al cambio de nuestros hábitos. O, en sus palabras: “Es una ilusión creer que vamos a ver cambios en nuestro modo de vida motivados por la virtud. La gente no va de repente a convertirse en razonable, dejar el coche, comer menos carne y no viajar en avión por conciencia”.

En todo caso, un primer paso sería, quizá, al menos no servir de voceros entusiastas de las fuerzas destructivas y vivir nuestra relación con el consumo como una debilidad o un vicio oculto. Algo que mantener en oprobioso silencio. Pero entonces, quizá no obtuviésemos la gratificación que ahora obtenemos que se sustenta, precisamente, no en la experiencia vivida sino en su exhibición pública.

Porque, de lo contrario, ¿en qué nos diferenciamos de los dos Tonto y Retonto de Vigo y Madrid? Al cabo, ellos hacen lo mismo que todos los demás: ignorar las consecuencias del consumo irreflexivo y hacer lo que les conviene. En Vigo hay una acampada de indigentes frente al Concello, afeando con su contrapunto de pobreza el derroche lumínico de la ciudad que, paradójicamente, otorga más visibilidad a sus desahuciados al colocarlos en el mismo centro del foco. Estos días, El País describía en un artículo los problemas de la ciudad relativos a los sin techo. ¿Les supone esto una contradicción a los vigueses y a la marabunta de visitantes que acuden como embelesados bobalicones a la contemplación hipnótica de “las luces”? Por supuesto que no. ¿Y acaso no está encantado “el comercio” de que las lucecitas despierten el frenesí comprador? ¿Muchos de los que se maravillan con los dibujitos luminosos de renos acudirán también a las manifestaciones por el clima? Demos por hecho que sí.

El genial escenógrafo e iluminador de Matarile Teatro, Baltasar Patiño, dice que “una cosa es la iluminación y otra el alumbrado”. La primera está al servicio de las ideas y colabora en su representación como un lenguaje más, como el cuerpo, el texto y el espacio. El alumbrado, en cambio tiene solo un carácter instrumental o estético. La iluminación tiene una intención sutil, el alumbrado es un tosco colorear.

Este alumbrado navideño, en su grotesco exceso, debería servir al menos para iluminar nuestra posición ética con respecto a lo que habitualmente no queremos ver, el reverso tenebroso de nuestros hábitos diarios. Llevamos a nuestros niños a que contemplen fascinados la lucería navideña. ¿Cómo negárselo? Y después reproducimos en nuestras casas imitaciones a escala del mismo exceso. ¿Esperamos luego que adquieran valores de frugalidad y respeto ambiental? Da igual, su felicidad es lo primero.
Si no estamos dispuestos a modificar nuestros hábitos o al menos vivirlos vergonzantemente ¿cómo culpar a personajes como Trump o Bolsonaro de extraer por cualquier medio las materias primas que necesitan nuestros centelleantes goces? Puestos a juzgar, al menos esos desgraciados son coherentes con sus ideas. A ellos todas estas cuestiones éticas les importan un huevo. Pero si nosotros podemos vivir como vivimos es porque existen esos cabrones que depredan para nosotros. Cabrones a los que no les importa ser blanco de nuestras críticas hipócritas que bien saben insinceras.

Y esto también lo saben perfectamente incluso estos dos alcaldes con tan pocas luces. Saben que lo queremos es que el mundo se arregle, pero sin nuestro concurso. Que desbarramos con la sostenibilidad pero luego babeamos por eventos magníficos, olimpiadas, copasdeivis y demás mierdas. Que preferimos que el niño del lago se salve solo. Quién le mandó meterse. O ¡qué leches! que pongan un socorrista que yo ya pago mis impuestos para que lo haya. Saben que lo queremos es lucerío que nos ciegue y oculte en su esplendor pomposo los campamentos de indigentes y el lado tenebroso y negro de nuestro día a día.

Ah, sí, nos conocen bien.

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