El aire de Jaén

¡Vaya airazo que hizo ayer!

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Contaba Rafael Ortega Sagrista en su “Escenas y costumbres de Jaén“:

 Tan identificado estuvo siempre el aire de Jaén, que ya los árabes lo consideraban como un elemento inseparable del clima local. Al-Muqadiasi, en el siglo X, se refería al viento de Jaén, “que soplaba con mucha frecuencia y fuertemente, como era proverbial”…

    … En toda estación del año, Jaén es ventoso. El aire lo acompaña y lo limpia de impurezas. Pero es cuando el tiempo empieza a removerse, que el aire se presenta airado, colándose dominador por las profundas rajas que son los callejones, las cuestas escalonadas y las plazuelas y campillejos de la ciudad antigua.

    Es como un heraldo, como un nuncio de la lluvia que viene, que se aproxima. Parece que el aire arranca el agua de los nubarrones plomizos, esas primeras agua que se resiste a caer sobre los campos resecos y sedientos, y que cuando se precipitan, perfuman el ambiente con el puntual olor de tierra mojada de tierra llovida, y es como un alivio para la naturaleza ansiosa de humedad.

    Vuelan las hojas caídas, las hojas amarillentas, las briznas, los anuncios de papel, en torbellinos polvorientos, que giran y se revuelven cegadores, desconcertantes. Y el aire toma impulso, y a rachas violentas, se estrella contra las fachadas, contra las tapias, contra el castillo, zarandea la arboleda, levanta las lonas de los circos, los toldos de las casetas, los tenderetes de la feria de San Lucas, que se agua y se desanima.

¡El aire de Jaén!

    Es un ventarrón loco, que cambia repentino de dirección, vuelve paraguas a los más expertos; se lleva sombreros y gorras en un santiamén, que ruedan veloces por la calzada, y tras una persecución inútil, desaparece por cualquier bocacalle. ¡Adiós para siempre, adiós!

    Y cuando el aire toma cuerpo y arroja con furia la lluvia, la ciudad es como una caja de resonancias que causa pavor. Ruge huracanado, derriba tejas que se hacen tiestos en las losas de las aceras encharcadas. sobresaltan los portazos, cuelan persianas y cortinas, el agua rebosa de las canales, atora los bajante y desborda a cántaros sobre la calle. Se quiebran las ramas desgajadas con chasquidos de fractura. Las mujeres no aciertan a sujetarse las faldas infladas por rachas indiscretas, inesperadas, y a veces es tal la fuerza del aire de esta tierra, que es necesario agarrarse a las rejas o entrar precipitado en el primer protal que se encuentra. Los cables de la luz chocan entre sí con crujidos y relámpagos azules, los transeúntes huyen asustados, buscando un refugio…

    Las palmeras se agitan desmelenadas, derrumbándose dobertizos y parrales, o si algún postigo de las ventanas o de los balcones queda suelto, se repiten los golpes secos a impulsos del vendaval desbocado, hasta que los cristales salten hechos añicos con fragor de vidrios rotos.

    En las torres, las veletas se revuelven y chirrían y, a veces, las campanas suenan solas, como destempladas, y sin orden ni concierto.

    ¡Es mucho aire, el aire de Jaén!, como describía González López.

    Y así horas y horas, días y noches. ¡Y qué noches, las noches del viento de Jaén! Se oye tronar el aire por el cañón de la chimenea. Cae hollín, revoca el humo al interior, lloran los ojos:

    – Va a llover – dice alguien.

    Y llueve, ¡vaya si llueve!

    Las cataratas se desbordan (o se precipitan) desde los aleros con sonidos de agua sobre agua, de agua salpicada. En ocasiones, la lluvia horizontal, impedida por el airazo que la mete por las grietas de las paredes, pro las junturas de los cristales, formando pompas que revientan en cadena.

    Silva el viento por las oquedades, se introduce por las rendijas, por debajo de las puertas, mueve cortinajes y colgaduras, que semejan fantasmas en la penumbra, y hasta nuestras camas llega el soplo endemoniado. Todo son pasos de aire. La casa parece el puerto de Pilillos.

    Es el aire de Jaén.

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Una respuesta a “El aire de Jaén

  1. Yo iba conduciendo por el boulevard… y me encontré un contenedor de vídreo en mitad de la calle… un árbol tirado más abajo… una locura

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