Remojadero del pescado

Escribía Fernando Fernán-Gómez en “El tiempo amarillo” que el olor natural de nuestro cine era el olor a cocido.

En mi tiempo amarillo, el olor de la calle Remojadero del pescado era el de la prostitución (una suerte de pestilencia mezcla de sudor y tristeza, nada comparable al perfume podrido que hoy comparte espacio en los periódicos con editoriales llamando al civismo),  y la película era La vida de Brian:

Espectador de Jesucristo: Creo que ha dicho “Bienaventurados los queseros”.  Espectadora: ¿Por qué precisamente los queseros?                                         Marido de la espectadora: Hombre, no hay que tomarlo literalmente, se refiere a todos los fabricantes de productos lácteos”.

Pijus Magníficus: ¡Ciudadanoz! ¡Tenemoz a Zanzón, el azezino zaduceo! ¡Zilaz de Zidia, aliaz el Zagaz! ¡Zezenta y zeiz zediciozoz de Cezarea y…!

Reg: Bueno, pero aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?                                                                                          Militante del Frente Popular de Judea: Nos han dado la paz.                    Reg: ¿La paz? ¡Que te folle un pez!

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Una respuesta a “Remojadero del pescado

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