Desidia, abandono y bostezo

El pasado martes 28 de enero publicaba Manuel Mateo Pérez en El Mundo dentro de su UN VILLANO EN MADRID, el artículo Catedral.

Lo leí nada más aparecer en Internet.

Decía -y dice- así:

Hace unas semanas los responsables de algunas instituciones públicas volvieron a reunirse frente a la Catedral de Jaén con objeto de reactivar la candidatura del monumento para ser declarado Patrimonio Mundial. Será la tercera vez que se lo propongan a la Unesco. No hay certeza alguna de que esta vez lo consigan, pero las administraciones tienen en ocasiones el hábito de desenterrar antiguos asuntos de agenda que por una razón u otra no concluyeron de modo feliz. Cuando en julio de 2003 Úbeda y Baeza fueron admitidas en aquel selecto club algunos se preguntaron cómo podía quedar fuera de esa declaración la Catedral jiennense. El monumento más importante de la capital es la más elevada pieza del Renacimiento andaluz, más valiosa aún que la Capilla de El Salvador del Mundo de Úbeda, proyectadas ambas por Andrés de Vandelvira mediado el siglo XVI.

Los informes que buscaban sumar la Catedral a la nominación no estaban bien resueltos, aseguraron después, y las dos ciudades que al final se hicieron con el codiciado título tampoco mostraron entonces un excesivo entusiasmo, temerosas de que aquella extravagante adhesión pudiera arruinar el viejo deseo de ambas. La segunda vez que la Catedral de Jaén optó a ser declarada Patrimonio Mundial volvieron a fallar los informes y sobre todo la política. Esta última vez los responsables se han prometido en una mesa de trabajo mayor coordinación y apoyo. Pero ni tan siquiera esos buenos deseos garantizan que el asunto acabe bien.

Ser Patrimonio Mundial asegura un reconocimiento que se traduce, sobre todo, en un mayor número de visitas y por tanto en mayores ingresos económicos. Úbeda y Baeza lo saben bien, pero lo cierto es que estas dos maravillosas ciudades, algunos fines de semana, padecen una suerte de masificación turística que cercena sus embrujos, la vida pausada que las hizo tan deseadas, esa escala de ciudades medias y placidez vecinal cada día más desconocida en los destinos turísticos. Hay mediodías en que la plaza Vázquez de Molina, allí donde Francisco de los Cobos aquilató su prestigio con una nómina de extraordinarios edificios cultos, es una cita de invasores bárbaros en busca de una fotografía que rara vez entienden.

El número de turistas que llega a Jaén es mucho menor. Se los reconoce con facilidad porque la capital es en su centro histórico un pueblo de vecinos que se saluda cada mañana, una hilera de caminos que termina en la plaza de Santa María y la calle Maestra, los dos únicos salones de estar que en palabras del desaparecido pintor David Padilla merecen en realidad nuestro interés.

Jaén es una ciudad sin tentaciones. Y esa certeza tiene su parte positiva: Te permite trabajar en silencio, pasear sin excesivo ruido y sentir que habitas un lugar especial junto a un vecindario encantador.

Pueden considerarlo una banalidad, pero yo siempre he sostenido que la gente de Jaén figura entre las más nobles y generosas de Andalucía porque ha pasado su vida pidiendo perdón hasta en su propia provincia. Para referirse a Jaén el vecino de aquí no pronuncia solo su nombre, sino que añade una palabra que haría sonreír a un desconocido. Esta ciudad es ‘Jaén capital’, algo que Córdoba y Granada no añadirían jamás de tan pagadas que están. No es un gesto de presunción. Antes, al contrario, llamarla ‘Jaén capital’ encierra en el fondo un viejo y enquistado complejo de inferioridad que a estas alturas es muy complicado restañar.

En Jaén capital las atracciones turísticas se resumen muy pronto. A la Catedral y la calle Maestra se une el castillo de Santa Catalina que está en lo alto de la peña -inalcanzable y desdibujado-, unos baños árabes y alguna iglesia. El pasado íbero de esta parte del interior de Andalucía, para el que construyeron un museo aún vacío, no alcanza todavía la categoría de atracción turística.

Si algún día la Catedral de Jaén se convierte en Patrimonio Mundial, el título no ocultará la destrucción de la que ha sido objeto la capital a lo largo de su historia, el abandono y el desinterés que sus vecinos y responsables políticos han mostrado hacia ella, su falta de carácter, el bostezo, el cansancio y su ruina, la ausencia de un ayer del que sentirse orgullosos y de un presente y un futuro que despierte una mínima sonrisa.

El turista que encara la calle Maestra hacia el interior de las más antiguas collaciones en busca, por ejemplo, de los baños árabes descubre a un lado y a otro las heridas de una ciudad que jamás se preocupó por mostrarse con un mínimo de encanto y que abrazó el conformismo y la resignación en lugar de plantar cara a la adversidad y las malas decisiones.

La infravivienda, la miseria y las mayores bolsas de pobreza se citan en los rincones urbanos que en justicia deberían de estar llamados a ser los más bellos y cuidados, los más requeridos e inspiradores. Aún peor: El centro histórico de Jaén, su primera memoria resumida alrededor de los barrios de La Magdalena y San Juan, es un solar baldío víctima del olvido, el arrinconamiento y la podredumbre al que ningún programa político, subvención europea, proyecto de desarrollo o falsa reunión de voluntades ha conseguido poner remedio. Va a peor. Y lo veremos cuando la crisis económica enseñe sus colmillos en los próximos meses. No están mejor los barrios que se aproximan a la Catedral. Pero al menos aquellos expresan algo de vida en las horas centrales del día y pasearlos es aún acercarse a las sosegadas rutinas domésticas de las ciudades que se caminan.

Jaén no ha tenido suerte con sus responsables políticos. Pero tampoco ha tenido una ciudadanía con el sentido crítico suficiente para denunciar los atropellos, los desvaríos y la falta de un proyecto. Jaén no ha contado jamás con una clase intelectual, una exigua élite leída. A los pocos hombres y mujeres que en ocasiones han alzado la voz ni tan siquiera se les ha tratado de silenciar, porque eso hubiera supuesto un esfuerzo. Ha sido aún peor: se les ha obviado. El arquitecto Luis Berges Roldán tiene más de noventa años y cuando ya no esté sus exégetas subrayarán su carácter huraño y esa indómita facultad que tenía para criticar todo aquello que se ha hecho mal. Pero su voz faltará y habremos perdido una letra sensata en medio de tanta letra yerma.

Es difícil sentir que algo esté llamado a cambiar. Uno pasea la calle Martínez Molina arriba, las calles perpendiculares que como una red capilar buscan las alturas de la peña donde se asienta el castillo y llega a la conclusión de que este rincón de Jaén está llamado a perecer, a estallar o a insurreccionarse, a claudicar o a fenecer por derribo. Mientras otras ciudades de su provincia han escrito su propio relato, mientras otras capitales andaluzas han hilvanado su propia narrativa, Jaén ha permanecido callada y ausente, como si el futuro fuera una abstracción demasiado lejana como para preocuparse de ella. Los trenes veloces pasaron de largo y sus políticos y ciudadanos callaron. No hay tranvía al que subir y sus políticos y ciudadanos callaron. No hay alternativa al aparato funcionarial y administrativo del que vive esta ciudad y sus políticos y ciudadanos callaron. Hay una suerte de abulia, un primitivo cansancio, una arrastrada holgazanería que impide abrir la boca.

Lo más sencillo en casos así es echar la culpa a los poderes públicos. Pero no son ellos los únicos responsables. Es cierto que el ayuntamiento está ausente de esta ciudad desde hace décadas. Pocas veces una casa consistorial tuvo tan mala suerte con sus responsables municipales que la endeudaron por encima de la más estulta e irresponsable de sus posibilidades. Otra ausencia más lacerante aún: Hace veinticinco años que abrió la universidad y su distancia, su silencio, su irrelevante presencia es un motivo diario de decepción para aquellos que un día creyeron que su inauguración traería el revulsivo que Jaén necesitaba desde hacía tanto. Es paradójico que solo la diputación, que es un ayuntamiento provincial, tenga presencia en el centro histórico y que sus actos lleguen a la ciudadanía con más interés que aquellos que convocan con más pena que gloria el resto de instituciones.

Jaén es la capital más pequeña de Andalucía. Tiene ciento trece mil habitantes, tres mil menos que Cádiz que es la penúltima en demografía. Ha ido perdiendo poco a poco población en estos últimos once años y es poco probable que la recupere. Vive de la administración y de unos raquíticos sectores ligados al comercio y los servicios. Su área metropolitana es reducida y se vale por ella misma. No hay tampoco un acusado sentimiento de capitalidad como sí existe en sus vecinas. Es otra vieja dimisión como postergar un análisis imaginativo sobre qué hacer, por tanto, con unos barrios antiguos que se caen a trozos (de modo literal).

La Merced, San Juan y La Magdalena, los barrios que se extienden a los pies del cerro de Santa Catalina, por debajo de la carretera de circunvalación, eliminaron las últimas huellas de su arquitectura culta. Son pocos y están dispersos los monumentos históricos de interés. Tampoco existe una arquitectura popular valiosa. Abundan los solares inmensos que han visto cómo en las dos últimas décadas sus casas se cayeron a pedazos. Se necesita imaginación, altas miras y valentía para revertir esta calamidad: un nuevo plan de ordenación, una cuantiosa inversión pública, una decidida apuesta del sector privado, la expropiación de los terrenos abandonados hace décadas, su cesión a bajo coste para la construcción de nuevas viviendas, la reubicación de la población desfavorecida en diferentes barrios de la ciudad a fin de convencer a la nueva vecindad de una seguridad que hoy no existe, un protocolo estético que ponga freno a los horrores que arrastramos desde el desarrollismo hasta nuestros días. Es necesario mejorar la comunicación de las calles de mayor desnivel (en Vitoria o, más lejos de aquí, en Medellín, instalaron escaleras mecánicas que ayudaron, entre otras cosas, a frenar las desigualdades sociales), la obligación de trasladar hasta aquí edificios públicos y la incitación -o si quieren la persuasión- a que comercios temáticos apuesten por su asiento en unas calles desde cuyas azoteas se disfruta de una de las más bellas panorámicas de la provincia. ¿Ocurrirá esto? ¿Cambiará la mirada hacia la ciudad? ¿Otra ciudadanía? ¿Otros responsables? ¿Existirá algún día una apuesta decidida por acabar con la mala suerte que ha declinado a Jaén? ¿Habrá alguien con la voluntad necesaria para revertir la desidia, el abandono y el bostezo? Me apena, como ni imaginan, sospechar que no. Por eso de nada vale apostar con pocas esperanzas de éxito para que la Catedral sea Patrimonio Mundial cuando Jaén hace años que se dejó por el camino el significado de su verdadero patrimonio.

Como ni la ciudad, ni sus responsables políticos pasados, presentes y futuros; ni sus habitantes, ni su Universidad salían muy bien parados, supuse que la web se llenaría con comentarios, explicaciones, doctas opiniones contrarias (por lo de la Universidad) o, al menos, matizaciones. Ironías e insultos ¿porqué no?

Pero no. Ha pasado casi una semana y ni un sólo comentario. Ninguna respuesta.

Callamos. Callamos.

Seguimos callados.

“Hay una suerte de abulia, un primitivo cansancio, una arrastrada holgazanería que impide abrir la boca.”

Obsolescencia programada

En Jaén los paraguas se venden con obsolescencia programada.

¡Qué pocas luces tenéis!

Ayer se inauguró la iluminación de Navidad en Jaén (¡un 28 de noviembre!). Quería escribir sobre ello pero se me “adelantó” Jorge Armesto en EL SALTO.

Cómo no puedo igualarlo, reproduzco su artículo titulado: Los Alcaldes de Vigo y Madrid tienen razón:

Fatalmente acostumbrados a la mediocridad de nuestros representantes públicos, ya hay pocas imágenes que nos turben, pues sin duda uno de los distintivos de estos tiempos es la absoluta pérdida de recato en la exhibición de la imbecilidad. Siempre ha habido imbéciles, sí, pero quizá antaño procuraban no parecerlo y hoy, al contrario, brillan en todo su luminoso fulgor.

Tal fue el caso de la ridícula escena de los alcaldes de Vigo y Madrid, compitiendo para ver quién ponía más bombillas en su ciudad, con el compadreo chabacano de dos borrachos midiéndose las pollas mientras mean en una tapia. Eso sí, seamos justos: sin restarle al alcalde de Madrid sus bien ganados méritos en el campo de la idiotez, reconozcamos que esta insensata competición de las bombillas, a la que sin duda se adherirán otras tantas ciudades dirigidas por otros tantos cretinos, la inauguró el regidor vigués Abel Caballero. Al César, lo que es el del César.

Vigo hace apenas un par de años estaba completamente rodeada por las llamas e incluso algunos fuegos prendieron en sus barriadas aledañas. Cuatro personas murieron en esa ola de incendios. Al mismo tiempo, sus problemas con la sequía hicieron que su alcalde planease traer el agua en buques cisterna. Las previsiones para los próximos 30 años hablan de que el ascenso del nivel del mar anegará sus muelles, la factoría de PSA Citroën, y devorará sus playas más notorias. En fin, se puede decir que de cambio climático va bien servida. Aunque solo fuese por pura conveniencia, cabría esperar que se posicionase a la vanguardia de la sensibilidad medioambiental, que tratase de reducir sus dependencias y emisiones y abanderase una nueva cultura sostenible.
Pero claro que no. En su lugar, es la vanguardia del derroche energético ostentoso y de la megalomanía palurda de su vanidoso regidor que en su delirio compara a esta ciudad con Nueva York. El seguidismo del alcalde de Madrid, otra urbe con espantosos problemas ambientales, era una simple cuestión de tiempo pues ya dice el refranero español que no existe un tonto que no sea admirado por otro tonto.

Mas la indigencia intelectual y moral de nuestra clase política no lo explica todo. No explica, por ejemplo, por qué hay auténticas peregrinaciones de miles de personas de toda Galicia que acuden “a ver las luces”. Ni explica por qué los vigueses están tan orgullosos de que su ciudad, que finiquitó el festival de Artes Escénicas ALT para poder pagar la luz, sea un referente mundial, no en el bienestar, ni en la justicia social, ni en la cultura sino en el despilfarro eléctrico.

En un capítulo de la serie Merlí, el profesor de filosofía plantea a su clase el siguiente dilema: “Vais por la orilla de un lago y veis a un niño que se ahoga, pero lleváis unos zapatos nuevos de 80 euros que se destrozarán si entráis en el agua a salvarlo. ¿Qué haríais?”. La clase responde al unísono que sin duda salvarían al niño y Merlí objeta: “¿Entonces por qué no dedicáis esos 80 euros a mejorar las condiciones de vida de personas en necesidad extrema en lugar de gastarlos en unos zapatos?”.

Este dilema, que los guionistas de la serie plagiaron palabra por palabra de Peter Singer, equipara la escena del niño que se ahoga ante nuestros ojos con nuestra posición ante la realidad conocida de los 27.000 niños que mueren cada día por causas evitables sin que nosotros sacrifiquemos para evitarlo las cantidades excedentarias que dedicamos a nuestro ocio. Singer sugiere que cada euro que malgastamos en objetos innecesarios es responsable silente de la muerte de aquellos que podríamos haber salvado.

Sin ser tan categórico, en todo caso sí podríamos afirmar que una posición ética decente nos obligaría a auscultar cada uno de nuestros gastos con un talante de crítica gravedad. A sentir el peso y la trascendencia de cada uno de nuestros hábitos de consumo y juzgarlos, todos y cada uno de ellos, en una balanza oponiéndolos al mal que causan. Por ejemplo, no haría falta resolver la Conjetura de Poincaré para, con simples operaciones matemáticas, calcular cuántas muertes infantiles se necesitan para extraer un gramo del coltán con que se construye un móvil.

Y lo justo sería que en sus especificaciones figurasen los decimales de niños muertos utilizados, así como las otras consecuencias gravosas de su fabricación. Esto convertiría el acto de su compra en algo comprometido, perturbador y que necesitaría de embarazosas justificaciones. Y si aun así se adquiriese, quizá habría que pensar —siguiendo a Singer—, cómo tratar de compensar de algún modo el daño causado.

En su lugar, nuestro consumo acostumbra a ser de una inconsciente y autocomplaciente ligereza. Y no es ya que en el acto de consumir nos acometa una conveniente amnesia sobre las consecuencias negativas que tan bien conocemos, sino que caemos con irreflexiva alegría en contradicciones palmarias. Así, los mismos que nos manifestamos hondamente conmovidos a favor de la declaración de emergencia climática tomamos vuelos para unirnos a las muchedumbres de turistas que enjambran ciudades y espacios naturales de todo el mundo. Los mismos que padecemos y nos escandalizamos por la subida de los alquileres utilizamos en esos lugares que visitamos en muchedumbre las mismas plataformas tecnológicas responsables de la gentrificación de nuestros barrios. Pedimos que se ponga coto en nuestras ciudades, pero lo aprovechamos en las otras.

Voy a revelar un secreto personal. Hace unos meses, a raíz de un artículo que reflexionaba acerca de la ética política en la sociedad capitalista al hilo de la polémica por las fragatas en Cádiz, se me invitó a unas jornadas en Londres que organizaba Podemos Exterior. Se me planteó entonces un dilema: ¿compensaba mi participación los daños ecológicos y el gasto que causaba mi viaje? La respuesta era evidente: no. La cuestión se agravaba porque la premura de tiempo, mis responsabilidades con los cuidados y mi propia capacidad me impedían siquiera tratar de escribir un texto con cierta enjundia. En todo caso, ¿qué altísimas virtudes debería tener para que justificase tal viaje? ¿Y no existía una contradicción flagrante en perorar sobre ética y consumo a miles de kilómetros de mi casa y debiendo tomar cuatro vuelos? Decidí entonces no acudir y me disculpé con una mentira piadosa. Mentí por no parecer que cuestionaba los presupuestos éticos de un acto que albergaba las mejores intenciones. Desde aquí, por cierto, pido disculpas a las organizadoras.

Por supuesto, lejos de ser modelo de nada, cada día en mi rutina cotidiana entro en tantas contradicciones como el que más, pero narro esta historia para sugerir que tal vez esta debería ser nuestra actitud: de permanente duda, sospecha y autocuestionamiento. ¿Merece la pena? ¿Está justificado? Porque sin ese desvelar el mal que se oculta en la tiniebla de nuestros actos cotidianos no hay forma de pretender conjeturar una realidad diferente. ¿Cómo podríamos siquiera osar imaginar un mundo mejor si somos incapaces de iluminar la realidad objetiva de este?

No solo no cuestionamos ni iluminamos la parte tenebrosa y oculta de nuestra cotidianeidad sino que servimos como involuntarios apologetas del sistema extractivo que nos avasalla. Y así alardeamos de comprar una camper para vivir la naturaleza o de nuestros viajes por el globo, que juzgamos diferentes al resto de la horda de langostas, pues nosotros, solos nosotros, somos viajeros, no turistas. Pero si participar en un acto ético no justifica un vuelo, ¿lo justifica el turismo?

Antes mencionaba una serie: Merlí. Se emite en Netflix, empresa que es propiedad no de unos encantadores hippies creativos sino de gestoras de fondos como Black Rock que se está adentrando en el mercado inmobiliario español siguiendo los pasos de otras como Blackstone, responsable de la inflación desorbitada del mercado de alquiler. Puede que mañana nos desahucien, pero al menos hoy nos entretienen.
Netflix usa combustibles fósiles, sobre todo carbón, para generar la enormidad de energía que necesita para difundir sus productos por todo el mundo. Se estima que la contaminación generada por la industria de internet y su impacto en el clima son equivalentes a las del sector de la aviación. No parece, sin embargo, que tales advertencias hagan mella en nuestro consumo compulsivo de series que son, además, difundidas masivamente con el boca-oreja por nosotros mismos como disciplinados agentes publicitarios. Nuestros mismos referentes de partidos de izquierda padecen de una incontrolable pulsión por hacer publicidad gratuita de las mercancías de estas empresas. ¿Debemos dejar de verlas? ¿Debemos dejar de viajar? No diré yo la respuesta.

Según Lipovetsky, no hay ninguna esperanza de detener la hecatombe climática apelando al cambio de nuestros hábitos. O, en sus palabras: “Es una ilusión creer que vamos a ver cambios en nuestro modo de vida motivados por la virtud. La gente no va de repente a convertirse en razonable, dejar el coche, comer menos carne y no viajar en avión por conciencia”.

En todo caso, un primer paso sería, quizá, al menos no servir de voceros entusiastas de las fuerzas destructivas y vivir nuestra relación con el consumo como una debilidad o un vicio oculto. Algo que mantener en oprobioso silencio. Pero entonces, quizá no obtuviésemos la gratificación que ahora obtenemos que se sustenta, precisamente, no en la experiencia vivida sino en su exhibición pública.

Porque, de lo contrario, ¿en qué nos diferenciamos de los dos Tonto y Retonto de Vigo y Madrid? Al cabo, ellos hacen lo mismo que todos los demás: ignorar las consecuencias del consumo irreflexivo y hacer lo que les conviene. En Vigo hay una acampada de indigentes frente al Concello, afeando con su contrapunto de pobreza el derroche lumínico de la ciudad que, paradójicamente, otorga más visibilidad a sus desahuciados al colocarlos en el mismo centro del foco. Estos días, El País describía en un artículo los problemas de la ciudad relativos a los sin techo. ¿Les supone esto una contradicción a los vigueses y a la marabunta de visitantes que acuden como embelesados bobalicones a la contemplación hipnótica de “las luces”? Por supuesto que no. ¿Y acaso no está encantado “el comercio” de que las lucecitas despierten el frenesí comprador? ¿Muchos de los que se maravillan con los dibujitos luminosos de renos acudirán también a las manifestaciones por el clima? Demos por hecho que sí.

El genial escenógrafo e iluminador de Matarile Teatro, Baltasar Patiño, dice que “una cosa es la iluminación y otra el alumbrado”. La primera está al servicio de las ideas y colabora en su representación como un lenguaje más, como el cuerpo, el texto y el espacio. El alumbrado, en cambio tiene solo un carácter instrumental o estético. La iluminación tiene una intención sutil, el alumbrado es un tosco colorear.

Este alumbrado navideño, en su grotesco exceso, debería servir al menos para iluminar nuestra posición ética con respecto a lo que habitualmente no queremos ver, el reverso tenebroso de nuestros hábitos diarios. Llevamos a nuestros niños a que contemplen fascinados la lucería navideña. ¿Cómo negárselo? Y después reproducimos en nuestras casas imitaciones a escala del mismo exceso. ¿Esperamos luego que adquieran valores de frugalidad y respeto ambiental? Da igual, su felicidad es lo primero.
Si no estamos dispuestos a modificar nuestros hábitos o al menos vivirlos vergonzantemente ¿cómo culpar a personajes como Trump o Bolsonaro de extraer por cualquier medio las materias primas que necesitan nuestros centelleantes goces? Puestos a juzgar, al menos esos desgraciados son coherentes con sus ideas. A ellos todas estas cuestiones éticas les importan un huevo. Pero si nosotros podemos vivir como vivimos es porque existen esos cabrones que depredan para nosotros. Cabrones a los que no les importa ser blanco de nuestras críticas hipócritas que bien saben insinceras.

Y esto también lo saben perfectamente incluso estos dos alcaldes con tan pocas luces. Saben que lo queremos es que el mundo se arregle, pero sin nuestro concurso. Que desbarramos con la sostenibilidad pero luego babeamos por eventos magníficos, olimpiadas, copasdeivis y demás mierdas. Que preferimos que el niño del lago se salve solo. Quién le mandó meterse. O ¡qué leches! que pongan un socorrista que yo ya pago mis impuestos para que lo haya. Saben que lo queremos es lucerío que nos ciegue y oculte en su esplendor pomposo los campamentos de indigentes y el lado tenebroso y negro de nuestro día a día.

Ah, sí, nos conocen bien.

Tierras áridas

Tierras Áridas | Libro de Artista. Jaén from ediciondearte on Vimeo.

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Libertad

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Barrett

Proyecto para la creación de una fábrica de bodas en serie.

(Churros auténticos)

 La camarada Revolución nos ha dado cuenta de su gran desconsuelo. La gente sigue casándose… La camarada Revolución creía que el espíritu y la moral de las gentes se habrían adecentado un poco, pero se da cuenta de que el espíritu y la moral de las gentes no son susceptibles de adecentamiento. La gente sigue casándose… Ante la pavorosa realidad, intentamos higienizar sus inevitables consecuencias. Los hombres siguen amando modalidades de opresión. Al menos, veamos si pueden darse las argollas.

Proyecto

Emplazamiento.- La fábrica de bodas en serie se emplazará lejos de todo núcleo urbano. No es conveniente que las tragedias se realicen a la vista del público, porque desmoralizan una barbaridad. Además, las dificultades de acceso a la fábrica, harán reflexionar más a los tontos.

Materiales de construcción.- Serán de tal manera que ahoguen los ruidos. A nadie le importa lo que pasa dentro y siempre es mejor no escuchar las interjecciones de los que vengan a pedir cuentas por lo mal que les salió la suya.

Dependencias.- Una sala de espera, dividida en departamentos bipersonales por tabiques incompletos. El aislamiento es riguroso en caso de epidemia. Un salón de ceremonias y un tobogán para la salida.

Conviene la rapidez para que no haya lugar al arrepentimiento. Que cada palo aguante su vela.

Material.- De dos clases: a) insustituible y b) voluntario.

a) Una ducha fría; un Comité muy convencido de su importantísima misión; un sello que diga: Pasa, si te atreves; un tampón rojo o rojo y negro para el sello.

b) Una estaca.

Biblioteca.- Un ejemplar de los Mandamientos del Sentido Común.

Dependencias anejas a la fábrica.- Un almacén de remaches, herraduras, argollas y cadenas. Una tricromía alegórica de la Libertad.

Funcionamiento de la fábrica.- Es breve. Los individuos esperan, por parejas, en los departamentos bipersonales.

Luego van pasando al salón de ceremonias. No pueden hacer nada, absolutamente nada, sin el sello. Se les sella un papelito, las dos mejillas y la ropa interior de cada uno.

Entonces, el Comité, con voz muy hueca, les lee los Mandamientos del Sentido Común, que pueden reducirse a tres:

  1. Cuando estaba el cura, os engañaba el cura; cuando estaba el juez, os engañaba el juez; ahora os engañamos nosotros, puesto que venís a eso.
  2. El que no puede pasar sin una garantía de propiedad y fidelidad, merece las más viles opresiones sobre su corazón (peligro de asfixia).
  3. El paso por la fábrica da patente de idiota y predispone a dos o tres sinsabores diarios. ¡Sabemos lo que nos hacemos!

La ceremonia es gratuita. Bastante desdicha tienen los que van. Luego se les pone la argolla y la cadena, se les da a besar la tricromía del Comunismo Libertario y se les tira por el tobogán.

Para evitar alteraciones en la buena marcha de la fábrica, conviene poner a la salida este cartel:

No se admiten reclamaciones.


Más y mejor en la exposición “Mujeres Libres (1936-39), precursoras de un mundo nuevo”, que estará en el Museo Provincial de Jaén del 9 al 25 de abril, en la sala II del edificio de Exposiciones Temporales.